jueves, 3 de marzo de 2016

Salimos de madrugada aún oscuro a buscar las aguas del tiburón. El Pompeya, un falucho de unos 7 metros de eslora, era impulsado por un motor viejo y cansado, de esos que para partir había que ahogarlos con un pucho de azufre.   Como de costumbre el patrón había llegado con los víveres para un par de días, solo los cigarrillos serian muy pocos.

egamos unas horas hasta perder tierra. Mientras uno a la caña gobernaba la embarcación el otro preparaba el cafecito y se dedicaba a ensartar los 150 anzuelos con las carnadas de jurel. Se nos pasó el día en la faena recorriendo el espinel, y entre ida y vuelta  logramos una pesca de una tonelada de tiburones mas o menos.

Dirigiéndonos a tierra, a la cuadra de Pisagua, se nos ocurrió la peregrina idea de pasar a esa trágica caleta para comprar unos puchitos. Ya tarde, oscureciendo,un surazo viento traidor y energúmeno nos atacó de frente. Nuestro frágil, viejo falucho empezó a golpear fuertemente contra las olas. Así ,cerca de la costa sin playas, con rocas afiladas esperando nuestro naufragio, se desató la furia de las circunstancias y los elementos. Esa noche vi la muerte muy de cerca. La embarcación empezó hacer agua y no eramos capases de achicar lo suficiente (Sacar el agua de la embarcación). Quitamos el peso tirando por la borda todos los tiburones, nos sacamos la ropa, tratando de parar la entrada de agua con camisas, pantalones, calzoncillos y lo que teníamos a mano. El motor se silenció. Nos miramos con mi compañero. Sin decir palabras nos despedimos con la mirada. Nos quedaba un solo pucho para hacer partir el motor, si este no echaba a andar, no había más que tirarse al agua y buscar una muerte rápida o una tortuosa lucha con pocas posibilidades de salir vivo. Antes de intentar con el motor, nos fumamos un par de Hilton comprados en Pisagua y rescatados del agua. Quiso la fortuna que con el único puchito de azufre pudimos hacer andar el motor, quién con estornudos tísicos nos fue acercando a la boya donde se hundió la Esmeralda. Quién lo diría, nuestra meta era llegar a la boya, subirnos a ella y que la embarcación se hundiera. Poco heroico pero compartiríamos las glorias de la Esmeralda, sumergidos en en las profundidades que todo lo hermanan. Las cosas se dieron de tal forma que nuestras metas fueron superadas. Con el vuelito del motor parado, alcanzamos llegar a la caleta guardia marina Riquelme y nuestra Rocinante marina se fue a pique...En esta historia me quedo claro que fumar puede danar la salud...
Dia de nieve en Marsella...

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